El gato
La semana pasada encontré la estatua de un gato en una de las calles paralelas al puerto. La estatua, de un metro y medio de alto y unos dos y medio de largo representaba a un gato gordo, pero más que eso gordísimo. Es por eso pensé seriamente que se trataba de un gato de Botero (el pintor escultor aquel).
Pero lo más impresionante no era el gato en sí sino la sensación que se desprendía de él. A medida que me iba acercando e iba notando más detalles: un cascabel al cuello, (quien se lo abrá puesto) los ojos estúpidos y el rostro algo fiero, me dio la certera impresión que estaba a punto de saltar y jugar conmigo como si fuera un indefenso ratón.
Pocas estatuas han logrado asustarme, pero la sensación de sentirme analizado para ver si valía la pena salir de su cómoda inmovilidad para atacarme me dejó quieto y con un sudor frío subiendo desde la espalda.
Brrr. menudo gatote
Pero lo más impresionante no era el gato en sí sino la sensación que se desprendía de él. A medida que me iba acercando e iba notando más detalles: un cascabel al cuello, (quien se lo abrá puesto) los ojos estúpidos y el rostro algo fiero, me dio la certera impresión que estaba a punto de saltar y jugar conmigo como si fuera un indefenso ratón.
Pocas estatuas han logrado asustarme, pero la sensación de sentirme analizado para ver si valía la pena salir de su cómoda inmovilidad para atacarme me dejó quieto y con un sudor frío subiendo desde la espalda.
Brrr. menudo gatote
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