Símbolos
En Bolivia cada departamento tiene su propia simbología que lo identifique, sus propios símbolos que hablan de cómo se ven a sí mismos. Potosí es por siglos conocidos por su famoso Cerro Rico, e incluso el escudo nacional lo lleva de fondo como parte del orgullo o quizás la tristeza de haber tenido en sus tierras el cerro de minerales más rico que existió, de esas riquezas que mueven el mundo y por las que mueren personas. El cerro rico es un símbolo trágico y quizás por eso el otro símbolo de la ciudad de Potosí es aquel mascarón que está sobre la casa de la moneda, un dionisio andino, un rostro tan misterioso como la Monalisa con una sonrisa que bien puede ser burla o una tristeza profunda oculta bajo la superficie.Otras ciudades como Cochabamba han tenido que generar sus propios símbolos con un afán de reconocimiento. Si en un principio fue la estatua de las heroínas de la coronilla aquella figura que aparecía en carteles publicitarios y en los textos sobre la ciudad y que hablaba sobre una guerra perdida, se decidió que no era suficiente y se empezó a construir una estatua de un cristo sobre el cerro que domina la ciudad. El Cristo de la Concordia, con los brazos abiertos, y unos metros más alto que el del Corcobado (cualquier cosa por tener el cristo más alto del mundo) fácilmente sustituyó al anterior símbolo en camisetas y recuerdos para turistas. Pero aunque este sigue siendo la forma en que nos reconocemos en Cochabamba alcaldes y arquitectos quisieron que el gigantesco puente sobre la avenida que sale de la ciudad sea otro símbolo, o quizás el teleférico construido con tecnología alemana para subir al cristo. Cochabamba fue una ciudad conocida como el Jardín de Bolivia por ser la principal productora de flores, o como el Granero de Bolivia por ser el centro alimenticio de la Bolivia española y productora de estaño. El valle bajo y el valle alto, el cántaro de chicha, el sombrero de la chola cochabambina, esbelto y blanco, son los perfiles con el que al final de cuenta la ciudad también se reconoce.
Ciudades como Oruro la tienen más fácil puesto que sus símbolos son menos pero mucho más ricos y diversos que los de otras ciudades. En el carnaval de Oruro, reconocido por la UNICEF como reliquia de la humanidad, la máscara del diablo, el traje del moreno, la virgen del socavón, son varias de las formas de ver la ciudad y de reconocerla como propia. Cada año cientos de bailarines y músicos acuden a sus calles cuadruplicando los habitantes de la ciudad; es por eso que los bailarines enfebrecidos por la tradición del baile son el mejor símbolo de la ciudad.
Ahora finalmente llego a Chuquisaca, o Sucre. Capital oficial de Bolivia y ciudad tan antigua o más que la ciudad de Potosí fue el centro cultural y social del país por mucho tiempo. Aquí nació la primera universidad, antes que existiera Bolivia, y desde aquí nació la revolución que liberaría al país. Por estas razones Sucre podría ser pródiga de simbología: La campana de la revolución, rajada y antigua, que sirvió como la mecha de lo que vendría, la universidad San Francisco Xavier, la segunda de Latinoamérica, la constitución de Bolivia firmada por sus próceres, sus siete colinas lo que la convierten en una pequeña Roma. Pero ninguna de esas figuras al parecer convencen como figura final de la ciudad.
Estuve varios días en esta ciudad el fin de semana, recorrí sus símbolos, las historias detrás de estos y los rincones sin los cuales no se podría dejar atrás la ciudad. Ciudad cálida, de casas blancas, techos de teja y carteles de madera conservando la atmósfera de ciudad antigua y noble. En este breve recorrido encontré una figura que al parecer llena a la ciudad de más sentido que cualquiera de los símbolos arriba nombrados. Pinturas de la ciudad nocturna, o de día, pinceladas que imitan el amanecer, días ajetreados de cada día o el gris de un cielo sin sentido son el entorno en que el perfil de la ciudad se levanta orgulloso. El perfil de la ciudad o el skyline (símbolos tan recurridos en Nueva York, en Chicago) se convierte en el pulso de la ciudad. Esa única línea, que van dibujando edificios conocidos; aquí entran la universidad, la iglesia de san francisco, el palacio de justicia. Una sola línea que aunque cambia de color y brillo según la hora del día o la habilidad del pintor no cambia de forma ni con los años que ha dejado a sus espaldas la ciudad. La gente enamorada de su ciudad de esta manera dice que no se queda con una figura, una escultura, un hecho sino que prefiere toda la ciudad, como un todo, como algo completo que es imposible de separar. Una línea que salta por sus techos dibujándola pero al mismo tiempo uniéndola como un solo perfil.
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