Llegué
Llegué a Barcelona y me recibió Amos Oz , un judío,de Jerusalén, filósofo y escritor de la vida de su pueblo. Hijo de intelectuales judíos de los años sesenta se crió en un Kiubtz con miedo a lo que era la guerra. Me dio la bienvenida en la charla sobre Guerra y Paz que daba en el CCCB. Kosmópolis es la fiesta internacional de literatura que se está llevando a cabo en estos días. Yo seguía con sueño, sin haber aterrizado aun en la ciudad, con muchos sentimientos encontrados pero con ganas de no perderme este fantástico encuentro. Digo que me recibió Amos Oz porque habló del que se va, de su familia siempre viajera, intelectual y viajera, y de él, un prófugo de la literatura judía por escribir en hebreo, y del mismo destino de sus padres que fueron libreros revolucionarios hasta el final. Amos contó de una experiencia en su infancia cuando sus padres esperaban ansiosos la llamada que harían desde su hogar en el Kibutz ha su familia en Jerusalén. Y sobre todo la maravilla que significaba esa línea telefónica que cruzaba campos y montañas, atravesaba zonas de guerra, para dirigirse finalmente a la pequeña tienda donde la familia esperaba ansiosa la llamada. Esa línea parecía tan sensible, tan poco segura a incendios, a bombas, atentados, al sol y al tiempo, que cada vez le sorprendía el timbre del teléfono sonando de vuelta mientras la operadora realizaba la conexión. Acabo de hacer una llamada al otro lado del atlántico, la tecnología es mejor, las líneas son mucho más seguras y amplias y nuestra voz corre dentro el mar por cables de fibra óptica y en forma de ondas por el aire hacia los satélites artificiales, pero igual me sorprendo de la tecnología que permite enviar mi voz hacia un teléfono en particular, y escuchar esa voz que te alegra el día. ¿Qué ocurre para que mi voz y el sentido que tienen mis palabras no se pierdan en el vacío?, ¿Qué permite sentir la presencia del otro lado del teléfono con la misma cercanía que tenía hace cuatro o cinco días?.
La otra sorpresa que Amos Oz disfrutaba cada día era notar a sus padres, criados en una realidad en que compartían ideales comunes y rabias del pueblo a voz en cuello en las reuniones sociales, que les costaba expresar sus sentimientos más personales con su familia y siempre terminaban hablando del clima, de cómo se encontraban de salud los miembros de la familia y nunca decían lo mucho que se extrañaban, o el daño que les hacía tenerlos lejos. A mí siempre me han costado decir esas cosas por teléfono, así que se bien cómo se sentían los padres de Amos Oz.
Aun no he llegado a Barcelona y sigo en el viaje que me trajo hasta aquí. Dormiré esta noche más como quien lo hace en una cama extraña y con la ayuda de esta llamada intentaré ver si logro nuevamente encontrar un lugar aquí.
(Además busco trabajo así que se aceptan ofertas).
Un texto de Amos Oz
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