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El teléfono

Mi nombres es Thomas Watson y les quiero contar algo. Era el año 1922 y me encontraba en un buque de la armada americana de regreso a mi hogar. La nave había funcionado a la perfección y con esta flamante quilla rompiendo el océano daba fin a mi carrera. Estaba muy mayor, con dos hijos y cinco nietos, era momento para descansar y empezar a ver lo que dejaba atrás.

La primera guerra mundial había acabado hace sólo cuatro años y todavía nos sentíamos seguros sin la niebla de la gran depresión que caería en pocos años. El mundo estaba cada vez más unido y ahora posible comunicarse con alguien que se encontrara en otro continente, o desde un barco en el medio del atlántico como yo lo había hecho en varias ocasiones.

En la guerra habían empezado a funcionar los aeroplanos, esos impresionantes inventos que hace menos de dos décadas seguían con las alas pegadas al suelo. Y empezaban a desarrollarse esos fantásticos aparatos llamados computadores que todavía les faltaba bastantes años para ser útiles.

Bajé del puente de mando, la espalda me dolía y los pies seguían con el balanceo del mar, ya estaba muy mayor para esos ajetreos. En el puerto tomé un taxi que me llevara a mi casa. Incluso esos coches eran inventos nuevos y les faltaba mucho camino que recorrer.

Cuando llegué a mi hogar lo encontré vacío, mi mujer se encontraba viviendo con mi hija a causa de mis constantes viajes, algo que cambiaría con el fin de mi carrera. Entré hasta mi habitación, me quité los zapatos, faltaba para el medio día pero estaba cansado y quería ver a mi mujer cuanto antes. Tanto tiempo en el mar y todavía continuaba extrañándola ante cada viaje y cada regreso.

En la sala estaba el teléfono, hermoso aparato. Era una caja de madera fina con el auricular, en forma de cono, hecho de metal. Se necesitaba girar una manivela para acceder a la operadora después de un pitido sostenido, todavía me asombraba que pudiera comunicarme con cualquier persona por medio de ese aparato. Los recuerdos me trajeron sonrisas a la mente.

Estaba por coger el auricular cuando escuché desde el jardín: - Mr. Watson, Mr Watson, venga por favor, lo necesito. – Todavía con la sonrisa en el rostro me acerqué hasta la ventana, era la vecina, una venerable anciana, bastantes años más que yo. Me había visto llegar y había venido a saludarme y traerme el correo, pero al intentar subir a la acera se le había roto un tacón, es increíble cómo a esa edad sigue esa mujer andando con tacones. Después de ayudarla en su aprieto y agradecerle por el correo la acompañé hasta su hogar. Cuando abrió su puerta antes de despedirse pude apreciar en su hall un teléfono muy similar al mío pero de modelo más moderno. Esos aparatos habían llegado a todas partes. Decían que sólo en Norteamérica habían más de tres millones de ellos.

Regresé a mi hogar, y recordando lo que estaba haciendo antes de ser interrumpido por la vecina descolgué el auricular del teléfono. Quería llamar mi esposa y cómo me hija también tenía un aparato, estos días quien no tenía uno, hasta la vecina, y giré la manivela. Esperé el tono de la operadora y no escuché nada. Volví a hacer girar la manivela esperando y sólo me respondía el silencio de la línea.

En mi mente sólo pude encontrar una razón para que eso ocurriera. Y aunque al principio mi mente aturdida se negó, al día siguiente supe que había tenido razón.

El silencio en la línea, sólo podía significar que Alexander Graham Bell, el inventor del teléfono y mi amigo, había muerto.


* * *

La mañana del 4 de agosto de 1922, todo el sistema telefónico de Estados Unidos y Canadá desconectó durante un minuto en un tributo de despedida al hombre que lo había hecho existir.

47 años antes, un 2 de Junio de 1875 Alexander Graham Bell en compañía de Thomas A. Watson realizaron la primera llamada telefónica de la historia.

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Comentarios

1
De: Yam Fecha: 2002-08-12 23:33

Sí, pero...



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