El sexto mandamiento
Agradezcamos todos al sexto mandamiento: No fornicarás pecadoramente, no follarás a no ser que se trate por afanes reproductivos, no joderás con amigas o amigos con los que sólo te une la camaradería, no buscarás eyaculaciones agitadas y sudores compartidos en los miembros del sexo opuesto (ni del propio). Agradezcamos al sexto mandamiento o arrodillémonos pecadores para confesar nuestras culpas. Si hiciéramos caso al sexto mandamiento, el cuerpo de nuestras vecinas nos sería desconocido y no nos desvelaría muchas noches como lo hace ahora. Nuestras primas serían sólo eso y nosotros seríamos hombres más felices sin haber tenido sexo hasta el matrimonio y no sorprendernos de la inexperiencia o aburrimiento de la pareja.
¿Qué bien nos hace calentar nuestras hormonas y acudir ansiosos al cuerpo ajeno?. Qué ominiosa tortura sería para los curas si fuesen los únicos en mantenerse castos y evitar la tentación de ver debajo de las faldas de las niñas (o dentro los pantalones de los niños). Pero gracias al eternísimo no es así: todos cumplimos el sexto mandamiento. No somos adúlteros, ni fornicadores, ni adictos a las partes más intimas de nuestro prójimo (y prójima). La paja es nuestro camino al cielo, sólo así, con la rudeza del brazo derecho y la imaginación calentada en los hornos de la soledad que podremos evitar condenarnos al infierno.
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