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¿Quién se salvará?

Los Justos
Jorge Luis Borges

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

BENDITOS MALDITOS VIII
Joaquín Sabina

Benditas sean las rubias calentonas
que se bajan las bragas con cualquiera,
las niñeras que salen respondonas
y arrinconan al niño en la escalera,

las enfermeras que suben la fiebre,
las tetas de pezón hospitalario,
los gatos que no dan gato por liebre,
los misterios gozosos del rosario,

los frivolos culitos cariñosos
que perdonan los polvos atrasados
y no juegan a ricos y famosos,

los húmedos chochitos de las putas
que consuelan a más desconsolados
que las madres teresas de calcutas.


BENDITOS MALDITOS III
Joaquín Sabina

Bendito sea el sabio despistado,
los lápices de labios delincuentes,
los que dan lo perdido por gozado,
los opacos a fuer de transparentes,

el ácido, el inútil, el cobarde,
los abanicos de las solteronas,
los que no llegan, los que llegan tarde,
las Román, los de Diego, los Varonas,

los que esconden un roto en el bolsillo,
los Quasimodo, los Pepito Grillo,
las motos de los presos impacientes,

los besos de después de la pelea,
los huesos de Calixto y Melibea,
el hambre de las bocas insolentes.



PEDESTRE
Oliverio Girondo

En el fondo de la calle, un edificio público aspira el mal olor de la ciudad.

Las sombras se quiebran el espinazo en los umbrales, se acuestan para fornicar en la vereda.

Con un brazo prendido a la pared, un farol apagado tiene la visión convexa de la gente que pasa en automóvil.

Las miradas de los transeúntes ensucian las cosas que se exhiben en los escaparates, adelgazan las piernas que cuelgan bajo las capotas de las victorias.

Junto al cordón de la vereda un quiosco acaba de tragarse una mujer.

Pasa: una inglesa idéntica a un farol. Un tranvía que es un colegio sobre ruedas. Un perro fracasado, con ojos de prostituta que nos da vergüenza mirarlo y dejarlo pasar .

De repente: el vigilante de la esquina detiene de un golpe de batuta todos los estremecimientos de la ciudad, para que se oiga en un solo susurro, el susurro de todos los senos al rozarse.

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