Muerto de amor por una niña.

Puede contar mucho un cuento largo o una novela corta, da para mucho el amor de un viejo con una bella durmiente. Se puede hablar del maravilloso Kauabata en quien se basa García Márquez como aquellos remakes americanos de otras maravillosas películas japonesas, o se puede morir de amor por una niña, tema que siempre lo cautivó a este escritor que quizás ya se va sintiendo viejo.Estar enamorado de una niña es un tema difícil, ya lo demostró Humbert Humbert, o el rev. Dodgson. Hay que seguir sus juegos de ninfa o quizás convencerte que su cariño desbordado es aquello con lo que tu sueñas.
Fue perseguido y acosado Nabokov en su momento y seguro que hay damas de elegantes vestidos que le giran la cabeza a García Márquez cuando lo ven en la televisión. Pero he conocido niñas que tenían la capacidad seductora de una ninfa, y muchachas, ya no tan niñas, que siguen escondiendo en sus ojos abiertos y siempre sorprendidos la pasión desenfrenada de una lolita.
El amor romántico, de la virginidad siempre preservada, y de la piel refulgente en la oscuridad de la habitación, giran en la novela como los aromas dulces que produce el perfume rociado en un cuerpo desnudo: “Los senos recién nacidos parecían todavía de niño varón pero se veían urgidos por una energía secreta a punto de reventar”. El personaje de “Memoria de mis putas tristes” descubre en el último momento el amor, repasa sus años de sexo cuando este es el consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor. La vejez entonces se convierte en esa estación, en ese signo zodiacal, que te marca el camino a recorrer.
Como lo dijo alguien más, esta novela no llega al nivel de las más grandes de García Márquez. Pero tiene ese amor sufrido de “El amor y otros demonios” y la eternidad contenida en cien años que son noventa, de “cien años de soledad”. Como en un giño a si mismo acaba el libro: “…condenado a morir de buen amor en la agonía feliz de cualquier día después de mis cien años”.
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