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La primera bomba hizo impacto en uno de los edificios de la Gran Vía hacia ya diez días. Desde un edificio suficientemente alto se puede sentir el ruido de las explosiones que de rato en rato estallan por toda la ciudad. Nubes de polvo han oscurecido la ciudad y como fantasmas vagan por las calles. Después de una semana del ruido acompasado como de truenos, finalmente llegan ellos. El día estaba gris y la mañana pasó escandalosamente silenciosa, ni un estallido, ni un muro derrumbándose bajo los impactos. Recorrí la ciudad viendo hasta donde llegaban los años. Todo me parecía remoto, como si no nos estuviera pasando a nosotros. Las explosiones parecían lejanas, como aquellas de las que se leen en periódico y se escuchan por la radio. Con el ruido de las aspas en el aire a primera hora de la tarde me di cuenta que no era así. Que esta vez nosotros éramos los protagonistas.
Llegaron por la montaña y el mar simultáneamente. Primero una columna de helicópteros como gigantescos insectos de piel verde y gastada. Después supimos que eran varias columnas de vehículos, unos detrás de otros, oscureciendo el mar y desgajando los árboles de raíz en la montaña. Tropas armadas empezaron a entrar a la ciudad. Sus órdenes parecían ser disparar contra todo lo que se moviera. Las bombas de la semana pasada habían sido localizadas, edificios del gobierno, destacamentos militares, pero todo eso ya no importaba.
Me encontré corriendo por una calle céntrica, buscaba un camino que me sacara de la ciudad. Habían coches en llamas y los gruesos vidrios de una elegante joyería estaban cubiertos con una finísima capa de polvo. Nadie se había detenido a posar una mano en el cristal o a destrozarlo y vaciar miles de euros en joyas. A nadie le importaba el dinero.
Había llegado hasta el centro de la ciudad para ver los destrozos de las bombas, pero ahora tenía que correr hacia delante, siempre hacia delante, sin volver a mis espadas donde caían los cuerpos, donde pequeños grupos de hombres armados se escondían tras un coche en llamas, detrás la esquina de un colegio, en las ventanas bajas de un edificio, para limpiar esa calle y poder avanzar a la siguiente.
Ninguno de los nuestros se les enfrentaban. Algunos jóvenes habían tirado piedras, pero ya era muy tarde para ellos. Nuestro ejército nunca llegó y los medios de comunicación se silenciaron ignorando lo que pasaba aquí. La gente fue abandonando la ciudad poco a poco, algunos como yo, a la retaguardia, somos los últimos en dejar las calles, quizás por curiosidad, quizás por impotencia.
Hasta entonces mis pulmones se habían llenado del polvo dejado por las explosiones, ahora se llenaban de pólvora, del humo de neumáticos quemados. Como un lazo gigantesco aquellas fuerzas iban recorriendo las calles extendiéndose como una enfermedad. De pronto caigo al suelo y siento ruidos de carrera detrás mío, escucho gritos y alguien quiere estirarme de los brazos para alejarme de allí. Las balas pasan sobre mi cabeza y ya nadie me quiere ayudar. Los cristales de la joyería caen hechos añicos, las casas caen atrapando en su interior a los que no huyeron, caen los edificios como árboles, como montañas. Yo ya he caído y no me puedo levantar. Siento que alguien me toca el hombro, vuelvo a sentir el gesto impaciente. Finalmente levanto el rostro con gran dificultad y me encuentro la mirada cansada del camarero – su café – vuelve a repetir por tercera vez.
Pliego el periódico que estaba leyendo y lo dejo a un costado con un sabor amargo en la boca, como de pólvora y sangre. Afuera en la calle el día está gris y parejas enamoradas se apoyan sin cuidado en el cristal de la joyería dejando las manchas de sus dedos y de sus ilusiones. Afuera todo sigue en su sitio, o al menos lo parece.
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