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Historias de supermercados III

Hoy conocí a un pirata. Uno de aquellos como los de la isla del tesoro o el capitán Blood pero de carne y hueso. Era un cliente más (como muchos) del supermercado pero había algo que desentonaba, algo atemporal en él.

La descripción que sigue es fiel a lo que vi:

Era un hombre alto y fuerte, completamente calvo y en su cabeza se veían las deformidades de algún golpe o herida antigua, tenía aros en las orejas (no esos aretes delgados que se usan ahora sino aros de verdad, gruesos como un meñique). El rostro, de mirada severa, tenía al menos dos cicatrices. (sería mucho decir que eran de espadas y cuchillos). Tenía una camisa de colores abierta sobre un torax ancho. Los brazos, gruesos, estaban tatuados con monstruos y sirenas y se podía notar el color rubio de los bellos del brazo. Una persona así tiene algo de atemporal, algo que te situa (o lo situa) en una época distante sin pertenecer a ninguna en específica. Su compañero, no de tana apariencia pirata, era más joven, cabello largo y rasgos agudos, un grumete quizás.

Ambos compraban lo que todos compran (aceitunas, patatas fritas, salsa de tomate) pero era fácil imaginarlos llenando la bodega de galletas, tarros de manteca, carne seca y botellones de agua dulce. Partiendo hacia el oceano y dejando en el puerto algún amor, alguna historia y alguna cicatriz.

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