De la vida real
Todo comenzó en el vagón de metro de vuelta a casa, el reflejo de la ventana me trajo el rostro de un rubio y rubicundo muchacho del fondo sentado en el fondo del metro. Como ocurre algúna vez su rostro me pareció familiar, sabía que no lo conocía (no conozco mucha gente en Barcelona aún) pero había algo en su rostro que me resultaba conocido.
Después me fijé en su compañero de asiento, un moreno con el rostro picado por la viruela y la mirada perdida hacia adelante. El también me resultó un tanto conocido. Uno es normal y dos es extraño, pero me fijé con atención en todos los pasajeros del vagon. Las dos gorditas de risas burdas sentadas a dos bancos delante mío, el joven con barba candado a un costado, los dos hombres mayores de rostro moreno detrás mio. Todos me parecián familiares, había algo en el rostro de todos ellos que me dió la impresión de conocerlos de algún lado muy lejano.
Finalmente me fijé en mi compañero de banco sentado delante mío, tenía el pelo marrón, el rostro moreno y delgado, una nariz grande y deforme abultando hacia adelante y los ojos perdidos en algún punto en mi espalda, hay que aclarar que ninguno me miró en ningún momento, este hombre también me resultó familiar, y el punto casi aterrorizador, quizás ridículo en un contexto diferente, fue el anillo de plata con la calavera en su dedo anular de la mano izquierda.
Lo único que pude hacer es covijarme en las páginas del libro que llevaba e intentar olvidarme de todo hasta que mi parada llegue. Después, a paso un tanto veloz, salí del vagón volviendo a respirar tranquilo una vez a salvo de quién sabe qué.
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