El alfarero de los faros del occidente
Me gusta cómo el alfarero observa con amor la figura que ha surgido de sus manos y que aun gira. La decorará, le dará los últimos toques de maestría. Ahora empezará a frenar el torno. No quiere que con un golpe seco, deteniendo los giros de mala manera, su obra se destroce. Ha sido concebida para la velocidad y las vueltas del torno, ahora hay que convencerla que se sostenga también en la quietud cuando el mundo entero es lo único que gira.
Cuando ha terminado el alfarero, con un cuchillo corta la base de su obra separándola del torno y levantándola como una reliquia, algo frágil que se puede deshacer en sus manos. Ahora la arcilla entra al horno para endurarse, el calor acaricia a la arcilla, haciendo que surja dureza donde antes estaba la moldeable voluntad del barro.
Me gusta como el alfarero espera, sabe que no puede acelerar el proceso y tampoco lo desea. Quizás el día siguiente finalmente abra la pequeña puerta del horno y saque la arcilla que se ha transmutado en algo distinto. Aun está caliente, se ha contagiado del calor del pequeño infierno y de su superficie se desprenden altas temperaturas. El alfarero tendrá ahora que dejar enfriar la arcilla. Para eso busca una costa, un pequeño atolón junto al mar. Tiene que ser un lugar preciso y fresco, de espaldas a la tierras y a las rocas y que pueda observar el mar abierto. Siempre en la costa, muchas veces con el agua golpeando su base.
Me gusta cómo el alfarero deja su obra recién acabada en la costa, cómo espera, paciente una vez más, que se enfríe. Cuando la arcilla está finalmente fría, el alfarero abre la pequeña puerta de su base, sube unas escaleras de caracol hasta su cima y enciende allí una fuerte luz que ayudará a los barcos a llegar a la costa y salvarse de las rocas sumergidas que esperan para destrozar sus cascos.
El alfarero está contento con su obra. Y este quizás es el momento que más me gusta. Cuando el farero se sienta en una silla frente a un ventanal que da al mar, observa las olas y el cielo que empieza a oscurecerse. El farero observa todo eso desde la altura, una altura envidiable en el que todo, todo menos el mar, parece pequeño. Entonces quizás piensa en otras costas, o en otros faros que algún nuevamente le tocará fabricar.
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Categorías:Ficcion






