Mascota
La única mascota que sentí verdaderamente mía fue un perro de cruce entre Pastor Alemán y algún callejero o callejera de poca estampa. Por esa razón es que era más pequeño que un pastor alemán y de color de pelo más claro sin la característica mancha negra en el lomo. Pero de este último tenía la mirada despierta y los reflejos rápidos. En fin, su historia fue larga con un triste final y una tumba debajo del jardín de mi casa en Bolivia que yo mismo cavaría.
Eso fue hace ya hace muchos años, así como mucho tiempo el que había pasado desde la última vez que pensé en él. Pero hace unos días, en New Orleans, apareció en un sueño. No soy de los que siguen los sueños y su misterioso lenguaje, pero muchas veces me asombran los juegos y relaciones que puede crear tu cerebro sin tu interacción. Lo que si creo es que los sueños, como creación subconsciente que encuentra relaciones en elementos aparentemente caóticos, son el resultado azaroso de lo que ocurre dentro del cerebro. Observar los sueños, como quien observa el listado infinitesimal de cálculos que realiza un ordenador, puede llegar a comprender un poco mejor lo que está ocurriendo dentro nuestro propio cerebro.
Pero volvamos al sueño. En este, tenía a aquella mascota agarrada del collar, en un metro parisino. Que era el metro y que se trataba de Paris lo sabía con aquella certeza carente de pruebas que sólo en sueños se puede experimentar. Mi perro me estiraba de vagón en vagón, y de andén en andén hacia algún objetivo que sabía incierto.
Despertar en una cama extraña, la del hotel de New Orleans, y en un espacio desconocido hacía que la sensación de desconexión al despertar sea total. Lo último que recuerdo era el rostro canino mirándome volcando la cabeza hacia atrás incitándome a seguir el recorrido.
Aquel sueño habrá despertado un conjunto de recuerdos antiguos que venían encadenados a la figura de mi perro. Anoche, por ejemplo, al escuchar en duermevela los sonidos que hace la calefacción, creía estar escuchando a mi mascota al otro lado de la ventana, como por muchos años ha estado, royendo huesos con avidez perruna.
Es así que tengo una nueva aparición, una fantasmal visita. No comprendo aun qué hace aquí y en qué dirección estira su cadena ansiosamente pero si la noche me depara nuevas sorpresas, estoy dispuesto a seguirle.
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