Búsqueda del silencio
Un goteo en el baño no lo dejaba dormir. Puede tratarse de un cliché pero el incesante golpeteo en la loza lo mantuvo despierto por varias horas. Finalmente logró dormir pero el resto de la noche la pasó entre molestos sueños que lo agitaban sin dejarle descansar.
El día siguiente mientras caminaba por la calle hacia el trabajo se dio cuenta por primera vez lo ruidosa que era la ciudad. Los coches en la calle, la avenida cercana con un bullicioso torrente, las risas de un grupo de niñas que se dirigían al colegio. Una pelea de balcón a balcón en una calle cercana. Decidió realizar un pequeño rodeo por el parque para ver si allí podía encontrar algo de paz. Algún perro ladrando, el canto de los pájaros, y el viento entre las hojas de los árboles lo persiguieron. El parque también estaba lleno de sonidos.
El resto del día la pasó sin poder concentrarse en la oficina con el sonido de los teléfonos, el zumbido de los faxes, las sillas deslizándose, los paseos de sus compañeros por los pasillos alfombrados, las teclas de su ordenador. Esa noche en el bar el ruido llegó a niveles insoportables. La música, los gritos de sus compañeros ya achispados con las cervezas, los gritos de los camareros, las carcajadas de una mesa cercana con una despedida de solteras.
Esa noche, camino a su casa, pensó que al ser tan tarde con las calles vacías podría tener algo de paz. Pero los carros basureros levantando los recipientes metálicos, el choque del agua contra el asfalto del equipo de limpieza, incluso sus pasos rebotando en cada rincón siguiéndolo de calle en calle.
Una vez en su casa decidió de una vez por conseguir lograr el silencio deseado. Con una llave inglesa reparó el gotear que lo había desvelado la noche anterior. Desenchufó el refrigerador sin importarle que toda su comida se descongelara. Tuvo que desenchufar todos los aparatos eléctricos por causa de su zumbido incesante. Paró los relojes. Se quitó los zapatos para que sus propios pasos no causen ruido. Finalmente se sentó contento en medio de su sala oscura. De pronto escuchó un crujido sobre su cabeza, y otro crujido bajo sus pies, su casa entera lo traicionaba. A lo lejos escuchó el zumbar de una sirena de bomberos.
Un somnífero lo derrumbó sobre su cama en un sueño algodonoso e incómodo.
A la mañana siguiente el ruido se había vuelto una obsesión. El estridente sonido del teléfono lo despertó, su alarma saltó en un insoportable pitido, algún vecino usaba una licuadora u otro aparato eléctrico, otro vecino se duchaba con el ruido del agua pasando por las cañerías a su alrededor.
Sin siquiera bañarse salió a la calle. Desde su teléfono móvil llamó a un amigo que trabajaba en una discográfica. Le preguntó si le podría alquilar por un par de horas la cámara insonora que tenían para grabaciones.
Se sentó en la silla de cuero que usaban los cantantes, le dio la espalda al transparente vidrio que lo separaba de la mesa de mezclas y respiró. Finalmente había completo silencio. El silencio era espeso como un líquido, era como un útero que lo protegía del mundo. Pero de pronto empezó nuevamente a escuchar algo. Primero fue su respiración, después el latir de su corazón que resonaba en sus oídos, finalmente los pequeñísimos vasos capilares de sus oídos que transportaban sangre sonaban ahora como un caudaloso río eliminando para siempre la posibilidad de vacío.
Los paramédicos lo encontraron en el sueño del baño. Un vecino había llamado por los desesperados gritos que ensordecían al edificio entero. Lo encontraron con el rostro lleno de sangre. Se había perforado los tímpanos para parar el ruido. Había utilizado una aguja primero, después un cuchillo. Se desangraba y gritaba a un tiempo.
Cuando lo internaron en el hospital gritaba que el mundo entero vibraba. Que incluso sin oídos escuchaba su temblor. El planeta entero vibraba por causa de las olas en el océano, las corrientes de aire, por su viaje alrededor del sol.
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Categorías:Ficcion






