El jorobado
Esa mima noche había terminado todos los cuentos y ya empezaba a releerlos. No sólo me había reconocido en ellos sino que había encontrado aquello que había buscado hace tanto tiempo: El culpable de mi destino. Un nombre para maldecir antes de dormir, un oasis donde encontrar una remanso de esperanza de que no fue sólo la mala suerte o un accidente el que me había hecho esto sino que alguien podía ser acusado y condenado. Entendí que yo había surgido de aquellas páginas, que la mente de ese autor me había alcanzado dentro el vientre de mi madre y me había lanzado al mundo, deforme y amargado. Desde ese día el nombre de Roberto Arlt viviría en mi mente y con cada nuevo libro que encontraba y devoraba en pocas horas, mi odio se volvía más agudo, como una inundación hacía desaparecer bajo la superficie todas las otras sensaciones y sentimientos. Es así que decidí buscarlo para hacerle pagar sus culpas.
Claro que muy pronto encontré que él había muerto hace más de 60 años. Era increíble que tanto tiempo después de muerto su obra seguía haciendo tanto daño. Creando monstruos, engendros de la imaginación. Entonces recordé las ajadas hojas de libro y me imaginé a un lector repasando una y otra vez las palabras compulsivamente, y creí comprender que fue la mente de ese lector había sido la que hizo posible mi triste existencia. En ese instante ni la razón ni la lógica entraban en mí.
Empecé a frecuentar obsesivamente el café donde había encontrado el café por primera vez, buscando a algún lector asiduo que atentara contra otra vida desde las páginas de un nuevo libro. Pasaron varias semanas sin tener suerte. Hasta que una mañana en la que tomaba un café amargo intentando olvidar el mal sabor de boca con que cada mañana amanecía. Lo vi e inmediatamente entrar supe la profunda crueldad que Roberto Arlt aun guardaba para mí. Por la puerta entraba un hombre de amplia chaqueta, vieja y sucia, con un ajado libro saliendo del bolsillo derecho. Pero lo que me horrizó fue descubrir que el lector era otro jorobado como yo, retorcido como un nudoso y seco tronco de vid. Estaba sucio y la mirada arrastrándose por el suelo revelaba una profunda apatía contra la vida. Verlo fue como enfrentarme a una imagen mía aun más deformada. Como mirarme en el reflejo de un agua salvaje y contaminada. Me acerqué a él preguntándole si el libro que había encontrado era el suyo, y me lo arrebató en un gesto casi animal. Guardándolo en su bolsillo sin dirigirme la mirada. Supe ver en su desesperación que él también había sido creado por la perversa imaginación de Arlt.
Desde ese día recorro el mundo sabiendo a quien dirigir la culpa, a quien maldecir por mi destino. Pero hay algo más importante que he aprendido y es el poder que tienen algunos escritores. Es así que cuando veo a un ser deforme por la calle, o una mirada asesina que se cruza con la mía en el bar, o cuando una hermosa mujer avanza medio drogada de la mano de un maleante, o cuando una vieja tuerta se emborracha sola lanzando malas palabras al aire, asiento con infinita tristeza intentando imaginar quien fue el autor que creó esos monstruos, qué enferma imaginación los puso en papel para que un día nacieran convertidos en mujeres y hombres, seres de carne y hueso.
NO TE OLVIDES SUSCRIBIRTE AL FEED DE EL FORASTERO
Categorías:Ficcion






