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Buscando departamentos (cuento)

La búsqueda de departamentos te puede llevar por extraños caminos. Y en los pocos minutos que tienes caminando en habitaciones vacías, en las vidas de otros, tienes tiempo para imaginarte cómo sería tu vida de quedarte en ese lugar.

Recuerdo por ejemplo la habitación que la dueña de la casa conservaba como su hija la había dejado. Intacto su cubrecama de flores de otra época, su espejo de cuerpo entero, su baúl de cartón lleno de ropa y sus cortinas de encaje sucio. El aire de la habitación era rancio como si no hubieran abierto la puerta en muchos meses. La dueña de casa en silla de ruedas decía que extrañaba tener voces jóvenes en casa.

También la otra casa que te daba la bienvenida un busto de un cristo ensangrentado en la pared, y el resto de la habitación decorada con crucifijos y vírgenes bendiciendo una casa de pobre acabado, de suelos desiguales, de viejas camas de marcos metálicos. La representante de la agencia de alquiler dijo con una mueca que no pudo controlar que los dueños de casa no querían que se retiraran ninguno de los adornos.

O la tristeza del conserje con ligera joroba que mostraba una habitación con un único sofá y televisión donde él mismo pasaba noches de insomnio.

O el agujero que era ese subsuelo oscuro, con el refrigerador lleno de moho con puertas que llevaban a ninguna parte y que el dueño juraba que se encontraba en la mejor zona de la ciudad.

Pero los cinco minutos que esta pareja pasó en los pasillos de un edificio esperando que el conserje trajera la llave para abrir la puerta, fue mucho peor que imaginarse una vida entera allí.

La joven pareja llegó al edificio a donde habían llamado esa mañana. Un periódico lleno de redondeles rojos con todos los departamentos que les faltaba por visitar. Ser nuevos en una ciudad significaba pasar las mañanas en cafés revisando periódicos gratuitos y controlando de cerca el dinero para las noches de hotel. Recorrían una ciudad desconocida, preguntándose si había supermercados o estaciones de autobús cerca. El taxi los dejó frente al edificio donde ahora se encontraban tocando el timbre. Eran ya tantas puertas y timbres que ya las confundían números de teléfonos y barrios pero seguían buscando.

El conserje los acompañó hasta el cuarto piso y se disculpó porque se había equivocado de llave. El ascensor se despidió con un sobresalto de motor viejo. En esos minutos de soledad la pareja pudo observar con comodidad a su alrededor. Se encontraban frente a la puerta de su posible futura casa. La madera barnizada tenía una película de grasa encima. El pasillo alfombrado tenía una luz amarilla y enfermiza y la alfombra era del color del hígado. En un rincón un sofá de cuero viejo parecía que había sido demasiado visitado, y en el suelo a un costado estaba abandonada una vieja televisión blanco y negro. La pintura de las paredes parecía que cubría capas y capas de pintura haciendo que el pasillo fuera aun más pequeño. De una de las habitaciones del fondo se empezaron a escuchar los gemidos de una mujer que intentaban imitar el placer del sexo y la radio de un vecino que intentaba silenciarla con una estación mal sintonizada. Una figura alta y ligeramente femenina salió de otra de las puertas. Tenía una camiseta blanca de color percudido y el cabello desordenado sobre el rostro. Con la voz de fumadora les intentó hablar en un idioma que desconocían y frustrada salió hacia el ascensor sacando un cigarrillo del bolsillo trasero del pantalón. El ascensor no traía al conserje con la llave para abrir la puerta de una habitación que ya no tenían ningún deseo de visitar. Buscaron las escaleras para salir del lugar. La mujer que esperaba en la puerta del ascensor con el cigarrillo sin encender en la boca les dijo algo que no pudieron ni quisieron entender.

Las escaleras eran confusas y abrían a pasillos semi-iluminados de puertas cerradas, pero ninguna daba a la planta baja por donde habían entrado. Salieron por uno de los pasillos encontrándose con gente extraña de mirada nublada que parecía no verlos. Pasaron junto a otros sofás abandonados, algunos de ellos ocupados, y plantas de hojas gruesas como hechas de carne. En un momento creyeron escuchar un grito, pero fue tan instantáneo y agudo como un puñal que quedaron dudando si de verdad había ocurrido. Descubrieron en una moldura sucia en la pared que se encontraban en uno de los pisos bajo tierra y no quisieron imaginarse apartamentos sin ventanas ni ventilación y buscaron otra vez las escaleras para salir. Cuando lograron finalmente llegar a la calle la luz brillante del día los encegueció. En la puerta se encontraba el conserje conversando con el taxista que los había traído. Tomados de la mano caminaron por la acera marchándose de ese lugar y notaron por el rabillo del ojo como el taxi arrancaba y se acercaba a ellos. El taxista casi gritaba preguntándoles porque se marchaban. Finalmente corrieron por un angosto pasaje intentando huir para siempre de ese edificio.

Años después, en una hermosa casa de techos altos y luminosos, de suelo de madera y de paredes de colores amables que daban una sensación de hogar aun pensaban en aquel lugar y jugaban macábramente a pensar cómo hubiera sido su vida si habrían alquilado aquel departamento, pero nunca pudieron recordar donde, ni siquiera en qué barrio, se encontraba ese lugar.

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